Es fácil perderse en el caos de la posverdad, en la catarata de información que inunda nuestras pantallas mientras nos enteramos de “lo que pasa en el mundo”.

Y lo que pasa a lo largo de nuestra región, hablo de Latinoamérica particularmente, va más allá de lo que empezó como una pandemia.

Se ha desencadenado una ola de ecocidio sin precedentes que prende fuego nuestros bosques, ha venido acabando con la población de formas visibles e invisibles y es un residuo – muy vivo – de la colonización de la que aún somos parte. Nuestra civilización corre el peligro de extinguirlo todo.

Parecemos estar en medio de un laberinto donde cada vez se hace más borrosa la salida y donde se despiertan en nuestro interior sentimientos que nacen del miedo como la culpa, la ira, la desesperación y la ansiedad, por nombrar algunas. Tal vez, entre el cansancio de llevar más de seis meses haciendo cuarentena y ver cómo incendian parte de nuestros territorios para seguir moviendo la rueda del dinero como fin único, se han ido moviendo nuestras estructuras más profundas lo notemos o no.

De igual forma, el reino del miedo que parece eclipsarnos, da lugar al reino de la esperanza. En algún lugar de nuestras mentes vive la idea de: “cuando volvamos a la normalidad voy a hacer tal cosa” y como seguramente ya lo has hecho, es inevitable preguntarse: ¿qué es la normalidad? ¡En que normalidad estábamos viviendo!

¿Qué clase de normalidad nos trajo hasta este punto, donde la vida es extraída y ultrajada como si fuera un recurso renovable o de infinita regeneración? ¿Qué parte del vínculo indivisible entre los sistemas que habitamos aún no hemos entendido?

Aunque hoy, con el corazón arrugado, estemos señalando culpables por lo que ocurre, recordemos que también somos parte, no hay separación en esto que vivimos, somos parte del mismo mundo en llamas y por ende somos parte de las soluciones que podamos llevar a cabo. No está en manos del 1% que tiene en sus bolsillos la riqueza mundial tomar la decisión de salvarnos. Nadie nos va a salvar por arte de magia y lo que se hace urgente entonces es tomar acción. Acción concreta, acción colectiva, acción regenerativa. Acción dentro y fuera de las redes sociales.

Denunciar y replicar información de fuentes confiables es importante, sí, igual de importante que dejar de ver en código binario: bueno-malo, culpable-inocente, rico-pobre, mujer-hombre, aquí-allá…basta de etiquetas. En serio. Nunca han servido de nada y mucho menos ahora.

 

Ilustración de Carmel Seymour

Lo urgente es regenerar nuestro sistema de valores, nuestro sistema de pensamiento y recuperar la capacidad crítica – no criticona-  frente a lo que destruye la vida.

Somos parte de la civilización que ha arrasado con todo a su paso para beneficio propio y también somos parte de la civilización que defiende y protege la vida.

¿Dónde hemos estado poniendo nuestra atención, tiempo y energía vital durante los últimos 20 años? ¿Nos hemos dejado absorber, desde el inicio del milenio, por Google, YouTube, Facebook, Twitter, WhatsApp, Instagram, Spotify, Netflix, TikTok y lo que nos “entretiene”, nos hace la vida “más fácil” y “conectada”?

No niego que dentro de cada una de estas plataformas hay información valiosa y sobre todo, hay personas que se dedican a crear y difundir contenidos que vale la pena consumir, el gran asunto aquí no es ni siquiera las plataformas en sí, es cómo están programadas. Desde que fueron inventadas, nos entretienen y conectan para su propio beneficio, en estos años nos han llevado a:

 

  • Sentir la necesidad de mostrar nuestra vida para sentir que vivimos
  • Nos enseñaron a stalkear la vida de otros constantemente
  • Nos despiertan sentimientos de comparación a niveles incontrolables
  • Sentir una baja de autoestima porque no estamos a la altura de cierto estándar o no tenemos cierto estilo de vida
  • Nos adormecen cada más al sugerirnos qué escuchar, qué ver o qué leer, información que viene dada por los algoritmos, que al día de hoy, saben cada vez más de nosotros sin que nos demos cuenta. 

 

Somos equívocamente el centro de las plataformas de entretenimiento porque les damos la información necesaria para seguir desarrollándose, cada contenido está hecho a la medida de nuestros intereses y es así como vamos navegando por internet con la marea de la información, sintiendo que tenemos el viento a nuestro favor y que siempre llegamos a buen puerto.

Vemos, leemos y escuchamos lo que queremos ver, leer y escuchar. Lo que nutra aún más nuestra esfera de comodidad y refuerce nuestros pensamientos hacia una sola dirección. Nos ayudaron a crear una burbuja retroalimentada por ideas parecidas o casi iguales a las nuestras donde se pierde la capacidad de debatir y comprender otros puntos de vista, donde perdemos la noción del contexto en que vive cada persona DETRÁS de la pantalla, donde homogeneizamos la información a tal nivel, que cuesta discernir cómo sabemos lo que sabemos y cuál es nuestra identidad.

Creamos opiniones como puntos finales y no como puntos de partida. Creamos división entre ideologías porque vale más tener la razón que sentir empatía. ¿Tú desde qué lugar estás creando tu realidad?

Así como las herramientas digitales nos ha dado el poder de informarnos y expresarnos casi libremente, nos han hecho presas de un modelo en el que se siente muy bien tener reconocimiento, tener la razón y sentir que SOMOS ALGUIEN porque tenemos presencia en las redes. Hay una emoción discreta de satisfacción cada que Google nos rankea entre los primeros cuando alguien busca lo que tenga que ver con nosotres o lo que hacemos, cuando llegamos a más seguidores o nuestros contenidos se vuelven virales. Nos olvidamos que ya somos, incluso si no nos hacemos “famosos” o influencers, no necesitamos ser alguien en internet para existir.

Detrás de cada herramienta, sea paga o gratuita (que es aún más abrasivo con nuestra psiquis) hay redes de datos, cálculos matemáticos y cifras duras de las que somos los ratones de laboratorio.

Cuánto tiempo nos detenemos a leer algo, a qué damos click, qué nos gusta, que escuchamos, qué decimos, qué vemos, qué buscamos es la mayor fuente de información. Esto está pasando a cada segundo, en cualquier rincón del mundo donde tengamos acceso a un dispositivo con internet. Nos demos cuenta o no, somos parte del mayor experimento de la historia vinculado a nuestro comportamiento.

 

Imagen de Sarah Applebaum

Somos partículas de la economía de la atención que no va a parar de captar nuestra información parar darnos más de lo que asume que queremos, somos miles de millones de personas en el mundo creando contenidos a diario, somos usuarias y creadoras a la vez, algunas lo hacen como hobby y otras lo hacemos como nuestro sustento de vida. Aquí viene una gran paradoja: las plataformas que sacan provecho de nuestra atención a su vez son un medio directo para construir negocios alineados a nuestras motivaciones más profundas.

Hace años empezó con los blogs y las páginas web para vender productos, más adelante vino el modelo de negocios creado por YouTube, en el que generar contenidos, tener una comunidad online y mantener la atención de otros en tu canal es lo que te da ingresos. Te vuelves parte de un engranaje de entretenimiento donde tú eres protagonista y aportando tu valor le aportas a la plataforma en su crecimiento constante.

Recientemente, hace unos 4 años, Jack Conte creó Patreon como respuesta al desafío que tenía para ganarse la vida como artista y lo que hasta ese momento estaba monopolizado por YouTube paso a ser una plataforma en la que los artistas y los creadores pueden ganarse la vida con su pasión y creatividad permitiendo que quienes disfrutan su trabajo los patrocinen mediante un sistema de micropagos mensuales. Lo que nos entretiene y entretiene a otros encuentra en Patreon una modalidad nunca antes vista, que permite seguir creando más y mejores contenidos a largo plazo. Por cierto, aquí puedes apoyar mi trabajo en Patreon.

No importa las plataformas en las que decidas estar y las que decidas usar para expresarte o trabajar, lo realmente importante es que decidas qué uso quieres darles. Somos parte de la civilización que corre el peligro de extinguirlo todo y aún tenemos tres poderes enormes en nuestras manos: la voluntad, la imaginación y la creación. No perdamos de vista quiénes somos y de donde surge lo que nos mueve más allá de las tendencias, los algoritmos y la participación activa en una u otra red.

No somos un arroba, un hashtag, un número de seguidores. Somos parte de un ecosistema mayor y aunque este medio digital, sea en el cuál nos movemos, hagamos con cada acción lo posible por seguir defendiendo y protegiendo lo que está fuera de las pantallas, hagamos de cada creación nuestro mayor acto de redención con la red biológica que nos sostiene día a día.

De la disciplina que vengas, de la forma en que surja tu acción, va a ser la adecuada para hacer su aporte en esta revolución.

La revolución de la creación regenerativa.